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Lima.- EN LOS juegos multideportivos hay un recurso intangible de incalculable valor: el tiempo. La fugacidad de la fiesta no permite regodeos, tardanzas u olvidos.
Los acontecimientos, deportivos y no, se agolpan uno sobre otro y van pasando. Si faltaste al escenario a la hora exacta perderás o verás lo ocurrido después a través de la televisión o el internet. Y no será lo mismo.
Los atletas se preparan toda su carrera para manejar los tiempos… Su rutina es calculada, hay una especie de álgebra específica que conecta con el éxito. Si lo manejan mal el resultado puede irse por el caño.
Descanso, entrenamiento, alimentación, disfrute, transporte, concentración final y competencia son algunas de las fases para nada deliberadas. Y los verdaderos profesionales no permiten que nada ni nadie las violenten.
Diría que un campeón de cualquier modalidad atlética se ha impuesto antes en eso de optimizar fuerzas y recursos, algo en que las variables horas, minutos y segundos ejercen su poder.
La pistolera cubana Laina Pérez, tras una etapa preliminar discreta en la modalidad aire 10 metros, dispuso de una hora previa a la final para recomponerse y ganar el oro.
El mánager de la pelota, Rey Vicente Anglada, reclamó la presencia de Liván Moinelo en el quinto inning del partido ante Canadá. No estaba listo, le faltaban algunos minutos de calentamiento. Yoanni Yera fue castigado en el box y el partido se desequilibró definitivamente.
Los pesistas suelen maniobrar con la solicitud de las cotas para ganar instantes de recuperación y concentración. Nada peor que subir apurado a una plataforma cargada de monstruosos kilogramos.
Los aficionados tienen también su historia en este sentido. Participar implica ubicarse en tiempo y espacio, hacerse de un mapa, diseñar la movilidad personal, elegir qué segmento del todo formará parte de tu vida. Lo usual es que las instalaciones estén desperdigadas por toda la urbe y no hay manera de ir a muchas en un solo día.
Acá en Lima, como norma y también durante los XVIII Juegos Panamericanos, gravita el problema del intenso tránsito de vehículos, capaz de convertir unos pocos kilómetros en horas de viaje.
Esa situación no solo estresa a los aficionados, sino que les exige medir bien porque la boletería y el propio transporte cuestan soles.
Acá, si bien las instalaciones no han estado abarrotadas, tampoco puede decirse que anden vacías. Y las personas se les ve disfrutar en el ambiente nacionalista reinante.
Finalmente están los periodistas, cuya carácterística esencial y compleja es que siguen trabajando (y a veces empiezan) cuando la competencia acabó.
Ante sedes dispersas y lento transporte (aunque el carril panamericano es un alivio colosal) las estrategias de labor son esenciales y van desde redactar en los buses hasta compartir declaraciones, videos, fotos y notas a través del correo electrónico y las redes sociales.
Aquí sí que los ánimos se caldean cuando tarda el bus, demora el chequeo de seguridad, se viola el protocolo del evento o se adelanta o atrasa una justa. Sucede que mucha actividad, pocos profesionales y miles de usuarios esperando significan el tormento para los comunicadores de la mayoría de las naciones.
Usted, ahora mismo, puede andar leyendo un material redactado a la carrera sobre un autobus, revisado mientras se almuerza un emparedado, y publicado mediante un teléfono celular a la entrada de un hotel limeño.
Lo importante es que usted lea en tiempo eso que a su debido tiempo hicieron nuestros atletas. Usted merece que se le respete su tiempo.
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